Un color puede transformarse en uno de los activos más valiosos de una marca de lujo, según destaca un análisis publicado por Expansión. El caso paradigmático es el de Tiffany & Co., que convirtió su característico azul robin’s-egg en propiedad industrial registrada, y el de La Prairie, que apostó por un cobalto intenso para diferenciarse en un mercado saturado de envases blancos.
Del pigmento más caro a la exclusividad sintética
El azul lapislázuli fue durante siglos el color más costoso de la historia por su procedencia mineral exclusiva. Sin embargo, en 1826 el químico francés Jean-Baptiste Guimet sintetizó un ultramar artificial idéntico al natural, ganando un premio de 6.000 francos y democratizando el acceso al pigmento. Lo que antes estaba reservado a las cortes pasó a estar disponible para cualquier fabricante.
Más de un siglo después, el artista francés Yves Klein intentó revertir esa democratización. En 1960 registró mediante un sobre Soleau la fórmula de un ultramarino con resina sintética, desarrollado junto al vendedor de pinturas Édouard Adam, y bautizado como International Klein Blue. La legislación francesa no permite patentar un color en sí mismo, pero sí la técnica exacta de pigmento, aglutinante y aplicación que lo hace irrepetible.
Tiffany: de catálogo a código Pantone exclusivo
El azul de Tiffany & Co. apareció por primera vez en 1845 en la cubierta del Blue Book, catálogo anual de la casa neoyorquina, cuatro décadas antes de que existiera el concepto moderno de identidad corporativa. Durante más de 150 años, la compañía mantuvo el tono como seña visual sin protección legal formal.
El punto de inflexión llegó en 1998, cuando Tiffany registró el color como marca comercial ante la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos, demostrando el llamado «significado secundario»: el consumidor asociaba ese tono de forma inequívoca con la compañía. En 2001, Pantone estandarizó el color en exclusiva bajo el código 1837 —en referencia al año de fundación—, un tono que no figura en el catálogo público de la paleta.
Para cualquier empresa que aspire a replicar esa estrategia, el camino exige dos frentes: un registro legal ante la oficina de propiedad industrial correspondiente, que requiere demostrar que el tono es distintivo y asociado por el consumidor con la marca; y un desarrollo técnico con Pantone, que fija un código exclusivo y garantiza reproducción idéntica en cualquier fábrica del mundo.
Un amarillo que desató pánico viral
La solidez del activo cromático de Tiffany quedó demostrada en 2021, cuando la marca —recién adquirida por LVMH— publicó en Instagram la etiqueta #TiffanyYellow. Algunos seguidores se indignaron, convencidos de que la casa abandonaba su azul histórico; otros lo tomaron por una broma del Día de los Inocentes. El post acumuló casi 500.000 likes en horas.
En realidad, la campaña servía para anunciar un pop-up en Rodeo Drive, Beverly Hills, presentando una colección de diamantes amarillos encabezada por la gema Tiffany Yellow de 130 quilates. La experta en color Leslie Harrington explicó la lógica: el amarillo es casi el opuesto exacto del azul en la rueda cromática, la combinación de mayor impacto visual posible.
La Prairie: cobalto como ruptura sectorial
La Prairie, firma suiza de alta cosmética fundada en 1931, aporta una lectura distinta. A principios de los ochenta, todo el packaging del sector compartía el mismo código: tarros blancos, discretos, indistinguibles. En ese contexto, la marca decidió apostar por un azul cobalto intenso para el lanzamiento de su colección Skin Caviar, hoy una de las líneas más rentables de la casa.
La elección no partió del departamento de marketing, sino de una colaboración casual con Niki de Saint Phalle (1930-2002), artista franco-estadounidense pionera del Nuevo Realismo francés. Fue ella quien sugirió su color predilecto —el mismo cobalto de su obra escultórica— en un momento en que ningún competidor se atrevía a romper el código cromático del sector.
Cuatro décadas después, ese vínculo con el arte se convirtió en estrategia de posicionamiento. La Prairie fue socio de Art Basel desde 2017, con instalaciones en Basilea, Hong Kong y Miami, y exponía su colección de obras de Saint Phalle junto a sus lanzamientos de producto.
Exclusividad por vía legal, no por escasez
Ambos casos demuestran una misma premisa desde ángulos distintos: un color sin protección legal no es más que un capricho estético; con ella, se convierte en activo defendible. Para cualquier compañía de lujo, la enseñanza va más allá de la paleta cromática: la exclusividad no siempre nace de la escasez de materia prima, como el lapislázuli; también puede construirse por vía legal, por estandarización industrial o por una colaboración cultural adecuada. Quien controla el código visual de un producto controla parte de su percepción de valor, y esa percepción, en el lujo, se traduce en precio.
