El profesor de criptografía Matthew Green ha planteado una tesis provocadora: si la inteligencia artificial consigue que el software sea tan seguro que apenas queden vulnerabilidades explotables, agencias de inteligencia y cuerpos de seguridad podrían perder acceso a las herramientas de hackeo que necesitan para vigilar a criminales y terroristas, según recoge TechCrunch.
Green advierte que este escenario podría llevar a gobiernos a exigir de nuevo puertas traseras en dispositivos y sistemas, una demanda que la industria tecnológica ha resistido durante años en favor del cifrado robusto que protege la privacidad de usuarios inocentes.
De la tregua a la disrupción por IA
Desde 2014, cuando el entonces director del FBI James Comey popularizó el concepto de «going dark» (apagón digital), las autoridades han argumentado que el cifrado de extremo a extremo —ahora estándar en WhatsApp, Signal e iMessage— dificulta la interceptación de comunicaciones. Apple también cifró por defecto los datos de sus dispositivos, haciendo casi imposible el acceso sin PIN o contraseña robustos.
Durante una década, gobiernos y tecnológicas mantuvieron lo que Green llama una «tregua incómoda»: en lugar de incorporar backdoors, los estados invirtieron en herramientas de hackeo y spyware comercial que explotan fallos de seguridad (zero-days) para romper dispositivos sin tocar el cifrado.
Ahora, los modelos de lenguaje grande prometen encontrar vulnerabilidades a escala sin precedentes. Si las empresas pueden parchear bugs mucho más rápido y en mayor volumen gracias a la IA, el stock de fallos explotables podría agotarse, dejando a agencias sin vías de acceso legal a objetivos criminales.
Expertos divididos sobre el impacto de la IA
TechCrunch consultó a investigadores de seguridad ofensiva, expertos en privacidad y desarrolladores de exploits gubernamentales. Las opiniones están divididas.
Luna Tong, investigadora con experiencia en empresas especializadas en zero-days, coincide con Green: «Hay una fiebre del oro de bugs ahora mismo, pero es un fenómeno temporal y pronto escasearán». Otro investigador con más de una década en firmas ofensivas, que pidió anonimato, teme que la IA vuelva obsoletos a los investigadores humanos, dando ventaja permanente a los defensores.
Paolo Stagno, CTO de Crowdfense —compañía que vende vulnerabilidades desconocidas a gobiernos—, explica que el sistema actual de explotación de fallos es «el más democrático que tenemos», pero advierte que podría colapsar si los bugs se vuelven demasiado escasos. «Está claro que ningún Estado renunciará a la posibilidad de vigilancia», afirma Stagno.
En el lado opuesto, tres profesionales activos en ciberseguridad ofensiva sostienen que los fallos complejos —los más valiosos para gobiernos— no desaparecerán, y que la IA también puede asistir a quienes buscan vulnerabilidades para venderlas. Hamid Kashfi, fundador de DarkCell y empleado de la startup de ciberseguridad con IA Xbow, asegura: «Por cada bug encontrado y reportado por IA, probablemente hay veinte que no se reportan».
¿Cuánto falta para la presión por backdoors?
Eva Galperin, directora de ciberseguridad en la Electronic Frontier Foundation, considera que hoy el ataque tiene ventaja gracias a la capacidad de la IA para encontrar fallos y al aumento de vulnerabilidades introducidas por código generado con herramientas de IA mal supervisadas. Sin embargo, Galperin recuerda que encontrar bugs no garantiza que se parcheen rápido —o siquiera que se parcheen—, dado que la actualización de software es un proceso complejo y heterogéneo.
Katie Moussouris, fundadora y CEO de Luta Security y veterana en gestión de vulnerabilidades, cree que aún queda camino: «Falta bastante para que los últimos teléfonos y portátiles estén completamente libres de fallos». Moussouris calcula que el impulso serio por backdoors llegará «al menos después de las próximas elecciones presidenciales en EE. UU.», cuando la comunidad de inteligencia sienta una limitación material.
Galperin añade que regímenes autoritarios siempre querrán «acceso excepcional», independientemente del estado técnico de la seguridad del software.
El debate recuerda las tensiones vividas tras el tiroteo de San Bernardino en 2015, cuando el FBI pidió a Apple desbloquear un iPhone del atacante. La compañía se negó alegando que crear una puerta trasera pondría en riesgo a millones de usuarios. Finalmente, el FBI contrató a una empresa externa para romper el dispositivo, confirmando la viabilidad de la vía del hackeo sin comprometer el cifrado universal.
Si la IA realmente seca el mercado de vulnerabilidades, ese equilibrio podría romperse, reabriendo un conflicto político y técnico que la industria creía superado.
